El subjetivismo en el an谩lisis del cambio social se ha ense帽oreado no s贸lo de la conciencia del pueblo sino de la mente de muchos cient铆ficos; atribuye el cambio social a la acci贸n de grandes hombres, a su inteligencia o torpeza, audacia, bondad o maldad; en fin, a factores de orden subjetivo, que, puestos en juego determinan rumbo y destino de los pueblos.
De igual forma, se cree que las pol铆ticas p煤blicas “hacen” la econom铆a y la sociedad entera. Por su parte, los gobernantes incurren en el mismo error cuando pretenden que son los “agitadores”, “los eternos inconformes”, los “chantajistas” o inadaptados sociales, quienes con sus pr茅dicas soliviantan a la poblaci贸n, misma que, en estricto sentido, no tendr铆a motivos propios de inconformidad, de donde 茅sta no nace de la realidad sino de la mente de quienes artificialmente la crean.
Cuestionando esta visi贸n, desde mediados del siglo XIX la Econom铆a pol铆tica dio cima a un enfoque cient铆fico que concibe al universo entero regido por leyes, a lo cual no escapa el movimiento social; obviamente, no nos referimos a las que hacen los diputados sino a las que existen en la realidad misma y regulan su devenir. Esta visi贸n postula el automovimiento: que las cosas y fen贸menos se mueven por s铆 mismos, impulsados por fuerzas internas, nacidas de sus propias contradicciones.
Explica el movimiento social por la acci贸n de leyes cient铆ficas, hechos necesarios y reiterados, algunos de alcance universal, como la existencia de contrarios en todo lo existente o la de causa y efecto; en las ciencias particulares la conservaci贸n de la materia y la energ铆a o la de los gases; en gen茅tica, las leyes de Mendel, que regulan la herencia y la variaci贸n, etc茅tera. Las leyes son objetivas: existen y operan aunque no se las conozca ni se las desee, y es imposible impedir su acci贸n. Muchas de ellas, las que regulan las formas fundamentales del movimiento, han operado desde el origen mismo del universo, antes de que el hombre existiera y tuviera conciencia de ellas. En este tenor, el objeto de las ciencias, incluidas las sociales, es conocerlas y manejarlas en beneficio de la humanidad.
As铆 pues, aunque a veces no se vea, y parezca que reinan el caos y los caprichos personales, la sociedad, como el universo entero, est谩 sujeta a un orden determinado por la acci贸n de leyes, y conocerlo es poder dominar la naturaleza y el movimiento social mismo. A t铆tulo de ejemplo: la ley de la competencia, la acumulaci贸n capitalista, algunas particulares como la progresiva urbanizaci贸n demogr谩fica; en fin, la oferta y la demanda en los mercados.
Bien vistas las cosas, este enfoque no deja toda la determinaci贸n del cambio a la acci贸n de la mente de los pr贸ceres; no la descarta, pero s铆 la dimensiona en sus justos t茅rminos y no la convierte en el factor primigenio y determinante del cambio, sino en un componente muy importante, s铆, pero de alguna manera derivado. Ciertamente las ideas son imprescindibles, pues por el cerebro humano debe pasar el movimiento social, pero operan en determinadas circunstancias y en el contexto de ciertas tendencias, y s贸lo cuando 茅stas son favorables y est谩n maduras, las ideas germinan y mueven pueblos.
Conocer las leyes ofrece certidumbre, una base segura para explicar los fen贸menos sociales en su regularidad y reiteraci贸n, y permite distinguir el orden tras el aparente caos de ideas, caprichos, denominaciones absurdas y ocurrencias, cortinas de humo que ocultan la realidad en sus esencias ante los ojos de la sociedad; permite comprender las tendencias y la l贸gica de los procesos, y as铆 orientar la acci贸n de los hombres.
Innumerables son los ejemplos de teor铆as que oscurecen la realidad en cuanto al sentido del movimiento social; por ejemplo, la Teor铆a c铆clica de la historia de Oswald Spengler, que concibe la evoluci贸n de las civilizaciones en forma circular, como un eterno retorno al origen; o Francis Fukuyama, quien en El fin de la historia plantea que con la econom铆a liberal norteamericana la historia culmina y alcanza un non plus ultra infranqueable, descartando as铆 toda expectativa de progreso hacia estadios superiores; otras teor铆as postulan el apocalipsis y el fatalismo, pues ven en el cambio una tendencia decadente, y auguran a la humanidad un porvenir sombr铆o, de colapso del medio ambiente y degeneraci贸n social, hasta su autodestrucci贸n misma.
Pero contra esta visi贸n se alza la filosof铆a de Hegel, que descubre una tendencia progresista en el movimiento, de lo simple a lo complejo, de lo inferior a lo superior, no obstante sus retrocesos moment谩neos. Pero volviendo al papel de las leyes en el cambio social, cabe aclarar que 茅ste no ocurre como en la naturaleza, espont谩neamente, como sobreviene un sismo o la erupci贸n de un volc谩n.
Las leyes sociales se abren paso mediante la acci贸n consciente de los hombres; deben pasar por la mente, donde la realidad se metamorfosea, convirti茅ndose en idea, que en su contenido es una reformulaci贸n de la vida misma, su reflejo en el cerebro humano, donde adquiere la forma de propuesta pol铆tica o filos贸fica. S贸lo as铆 se comprende el 茅xito de determinadas ideas en determinado momento hist贸rico, pues en su esencia son expresi贸n de necesidades y contradicciones sociales, y formulan rutas y medios para el cambio. Es la realidad misma la que genera a la idea y 茅sta 煤ltima act煤a de regreso incidiendo sobre ella.
Por eso, por m谩s que los defensores del statu quo impongan barreras legales y castigos, campa帽as propagand铆sticas o enajenaci贸n masiva, el progreso social hacia niveles de desarrollo superiores es inexorable; brota de la realidad misma, y no puede impedirse, ni tampoco, ciertamente, realizarse al momento s贸lo por mera voluntad como otros pretenden, en actitud igualmente subjetivista.
En fin, es un error culpar a tal o cual persona de fen贸menos que tienen profundas ra铆ces estructurales, pues significa negar el automovimiento social, su causalidad objetiva y las leyes que lo regulan; lo importante es conocerlas para manejarlas en un esfuerzo racional por impulsar el cambio hacia niveles de progreso social que permitan superar la barbarie que hoy sufre la humanidad, la pobreza, la ignorancia y la enfermedad. Conocer la objetividad de los procesos no implica quedar a la espera pasiva de que ocurran los cambios; permite tener conciencia de su din谩mica y orientar la acci贸n de los sectores sociales marginados en la construcci贸n de un mundo mejor.
De igual forma, se cree que las pol铆ticas p煤blicas “hacen” la econom铆a y la sociedad entera. Por su parte, los gobernantes incurren en el mismo error cuando pretenden que son los “agitadores”, “los eternos inconformes”, los “chantajistas” o inadaptados sociales, quienes con sus pr茅dicas soliviantan a la poblaci贸n, misma que, en estricto sentido, no tendr铆a motivos propios de inconformidad, de donde 茅sta no nace de la realidad sino de la mente de quienes artificialmente la crean.
Cuestionando esta visi贸n, desde mediados del siglo XIX la Econom铆a pol铆tica dio cima a un enfoque cient铆fico que concibe al universo entero regido por leyes, a lo cual no escapa el movimiento social; obviamente, no nos referimos a las que hacen los diputados sino a las que existen en la realidad misma y regulan su devenir. Esta visi贸n postula el automovimiento: que las cosas y fen贸menos se mueven por s铆 mismos, impulsados por fuerzas internas, nacidas de sus propias contradicciones.
Explica el movimiento social por la acci贸n de leyes cient铆ficas, hechos necesarios y reiterados, algunos de alcance universal, como la existencia de contrarios en todo lo existente o la de causa y efecto; en las ciencias particulares la conservaci贸n de la materia y la energ铆a o la de los gases; en gen茅tica, las leyes de Mendel, que regulan la herencia y la variaci贸n, etc茅tera. Las leyes son objetivas: existen y operan aunque no se las conozca ni se las desee, y es imposible impedir su acci贸n. Muchas de ellas, las que regulan las formas fundamentales del movimiento, han operado desde el origen mismo del universo, antes de que el hombre existiera y tuviera conciencia de ellas. En este tenor, el objeto de las ciencias, incluidas las sociales, es conocerlas y manejarlas en beneficio de la humanidad.
As铆 pues, aunque a veces no se vea, y parezca que reinan el caos y los caprichos personales, la sociedad, como el universo entero, est谩 sujeta a un orden determinado por la acci贸n de leyes, y conocerlo es poder dominar la naturaleza y el movimiento social mismo. A t铆tulo de ejemplo: la ley de la competencia, la acumulaci贸n capitalista, algunas particulares como la progresiva urbanizaci贸n demogr谩fica; en fin, la oferta y la demanda en los mercados.
Bien vistas las cosas, este enfoque no deja toda la determinaci贸n del cambio a la acci贸n de la mente de los pr贸ceres; no la descarta, pero s铆 la dimensiona en sus justos t茅rminos y no la convierte en el factor primigenio y determinante del cambio, sino en un componente muy importante, s铆, pero de alguna manera derivado. Ciertamente las ideas son imprescindibles, pues por el cerebro humano debe pasar el movimiento social, pero operan en determinadas circunstancias y en el contexto de ciertas tendencias, y s贸lo cuando 茅stas son favorables y est谩n maduras, las ideas germinan y mueven pueblos.
Conocer las leyes ofrece certidumbre, una base segura para explicar los fen贸menos sociales en su regularidad y reiteraci贸n, y permite distinguir el orden tras el aparente caos de ideas, caprichos, denominaciones absurdas y ocurrencias, cortinas de humo que ocultan la realidad en sus esencias ante los ojos de la sociedad; permite comprender las tendencias y la l贸gica de los procesos, y as铆 orientar la acci贸n de los hombres.
Innumerables son los ejemplos de teor铆as que oscurecen la realidad en cuanto al sentido del movimiento social; por ejemplo, la Teor铆a c铆clica de la historia de Oswald Spengler, que concibe la evoluci贸n de las civilizaciones en forma circular, como un eterno retorno al origen; o Francis Fukuyama, quien en El fin de la historia plantea que con la econom铆a liberal norteamericana la historia culmina y alcanza un non plus ultra infranqueable, descartando as铆 toda expectativa de progreso hacia estadios superiores; otras teor铆as postulan el apocalipsis y el fatalismo, pues ven en el cambio una tendencia decadente, y auguran a la humanidad un porvenir sombr铆o, de colapso del medio ambiente y degeneraci贸n social, hasta su autodestrucci贸n misma.
Pero contra esta visi贸n se alza la filosof铆a de Hegel, que descubre una tendencia progresista en el movimiento, de lo simple a lo complejo, de lo inferior a lo superior, no obstante sus retrocesos moment谩neos. Pero volviendo al papel de las leyes en el cambio social, cabe aclarar que 茅ste no ocurre como en la naturaleza, espont谩neamente, como sobreviene un sismo o la erupci贸n de un volc谩n.
Las leyes sociales se abren paso mediante la acci贸n consciente de los hombres; deben pasar por la mente, donde la realidad se metamorfosea, convirti茅ndose en idea, que en su contenido es una reformulaci贸n de la vida misma, su reflejo en el cerebro humano, donde adquiere la forma de propuesta pol铆tica o filos贸fica. S贸lo as铆 se comprende el 茅xito de determinadas ideas en determinado momento hist贸rico, pues en su esencia son expresi贸n de necesidades y contradicciones sociales, y formulan rutas y medios para el cambio. Es la realidad misma la que genera a la idea y 茅sta 煤ltima act煤a de regreso incidiendo sobre ella.
Por eso, por m谩s que los defensores del statu quo impongan barreras legales y castigos, campa帽as propagand铆sticas o enajenaci贸n masiva, el progreso social hacia niveles de desarrollo superiores es inexorable; brota de la realidad misma, y no puede impedirse, ni tampoco, ciertamente, realizarse al momento s贸lo por mera voluntad como otros pretenden, en actitud igualmente subjetivista.
En fin, es un error culpar a tal o cual persona de fen贸menos que tienen profundas ra铆ces estructurales, pues significa negar el automovimiento social, su causalidad objetiva y las leyes que lo regulan; lo importante es conocerlas para manejarlas en un esfuerzo racional por impulsar el cambio hacia niveles de progreso social que permitan superar la barbarie que hoy sufre la humanidad, la pobreza, la ignorancia y la enfermedad. Conocer la objetividad de los procesos no implica quedar a la espera pasiva de que ocurran los cambios; permite tener conciencia de su din谩mica y orientar la acci贸n de los sectores sociales marginados en la construcci贸n de un mundo mejor.









